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LA EUCARISTIA CORAZON DE LA FE CRISTINA Un monje anglicano erudito en liturgia, Dom Gregory Dix, de la Orden de San Benito, ha escrito: “En el corazón del cristianismo está la Eucaristía, algo de absoluta simplicidad: el tomar, bendecir, partir y dar pan, y el tomar, bendecir y dar una copa de vino y agua con el nuevo significado con que lo hizo un joven judío después de cenar con sus amigos la víspera de su muerte. El les dijo que hicieran esto en lo adelante con un nuevo sentido para recordarle, y ellos lo han hecho siempre desde entonces. “¿Qué otro mandato ha sido jamás tan obedecido? Siglo tras siglo, extendiéndose lentamente a todos los continentes y países y entre todas las razas de la tierra, en todas las circunstancias humanas que se puedan imaginar, para todas las necesidades concebibles, desde la infancia y antes de ella y hasta la extrema vejez y después de ella, desde los pináculos de la grandeza del mundo hasta el refugio de fugitivos en las cuevas y entrañas de la tierra. Los seres humanos no han encontrado nada mejor que esto para los reyes en sus coronaciones y para los criminales que van al cadalso; para los ejércitos en triunfo o para los novios en una pequeña iglesia rural; para la proclamación de un dogma o para una buena cosecha; para la sabiduría del parlamento de una nación poderosa, o para una anciana enferma temerosa de morir; para un escolar que espera un examen o para Colón saliendo hacia el Nuevo Mundo… “Y lo mejor de todo, semana tras semana, mes tras mes, en cien mil sucesivos domingos, fiel, infaliblemente, a través de todas las parroquias de la cristiandad, los pastores han hecho esto sólo para edificar… al santo y ordinarios pueblo de Dios”. ¿Qué lugar tiene la Eucaristía en el culto de hoy? Según el Libro de Oración Común, p. 13: “ La Santa Eucaristía es el acto principal de adoración cristiana en el día del Señor y otras fiestas mayores… y uno de los ritos regulares designados para el culto público en esta iglesia”. La palabra “eucaristía” La palabra Eucaristía proviene de la palabra griega para acción de gracias. Es, sin embargo, más que una actitud de gratitud. Incluye nuestra respuesta a los actos poderosos de Dios y a las Buenas Nuevas de Cristo. Dar gracias de este modo es nuestra “liturgia”, otra palabra que proviene del término griego “el trabajo del pueblo” . Es la obra que el pueblo de Dios está llamado a hacer. Cuando la Iglesia se reúne, no es una reunión accidental de individuos que no tiene relaciones entre sí. Es, más bien, una congregación de la familia de Dios. El Santo Bautismo nos hace hijos adoptivos de Dios y, por tanto, familia de su hijo Unigénito y de los demás. Nos congregamos porque es nuestra vocación – nuestro llamamiento divino – a hacerlo, siguiendo el ejemplo de los apóstoles que, después de la Ascensión del Señor, se reunían el primer día de cada semana para la “partición del pan y las oraciones”(Hechos 2:42). Pese a las opciones y la flexibilidad que ahora se permiten, aún seguimos un orden para la Eucaristía. Cualquiera que sea el rito que usamos o las opciones de que nos valgamos, estamos haciendo la misma liturgia, y eso es lo mismo que la iglesia ha hecho desde los tiempos apostólicos. La primera parte incluye la Proclamación de la Palabra de dios, que consiste en las lecturas de la Biblia (incluyendo un pasaje de los Evangelios) y predicación. La segunda parte es la Celebración de la Santa Comunión , la repetición de las acciones del Señor en la Ultima Cena cuando mandó: “Haced esto en memoria de mí”. La distinción entre las dos partes, aunque práctica, es arbitraria. En realidad son do actos de un único drama. La Palabra y el Sacramento se compenetran. Proclamación de la Palabra Al igual que su progenitores espirituales, los judíos, los cristianos son un pueblo de un Libro, un pueblo de una historia. A través de las edades, el contar y escuchar lo que Dios ha hecho por nosotros nos permite conocer y proclamar quienes somos como pueblo. Celebramos la bondad de la creación de Dios y el amor de Dios revelado en nuestro Señor Jesucristo. Celebramos además, nuestra propia incorporación a su vida resucitada a través del Santo Bautismo y también “los medios de gracia y la esperanza de gloria” que él nos da ahora y de aquí en adelante. Y celebramos su segunda venida al final de los tiempos en “dominio, majestad, poder y gloria” para derrotar por siempre a todo lo que es contrario al Reino de Dios. Luego d la Lectura del Antiguo Testamento y de una de las epístolas, alcanzamos el clímax de la proclamación al leer solemnemente unos de los Evangelios. Para honrar al Evangelio, el libro que lo contiene a menudo es llevado en procesión, acompañado por acólitos con velas, y a veces por un crucífero y un turiferario. El Evangelio es proclamado desde algún lugar central prominente, y la congregación se pone de pie para su lectura y responde con una aclamación de alabanza y acción de gracias. Inmediatamente después del Evangelio viene el sermón, que pretende ser un comentario y una explicación sobre la Palabra. La congregación responde diciendo (o cantando) la antigua formulación de la fe comunitaria de la Iglesia de Cristo, el Credo Niceno. También es respuesta a la Palabra, nos unimos en oración por el mundo que Dios creó y ama y por la santa Iglesia por la cual nuestro Señor estuvo dispuesto a morir. Ofrecemos oraciones también por lo que sufren, los enfermos, los que tiene problemas y damos gracias por las bendiciones de esta vida, oramos por nuestro obispo y demás ministros, por la misión y ministerio d la Iglesia en nuestra propia diócesis y alrededor del mundo. Luego confesamos nuestros pecados- personales y colectivos – y recibimos el beneficio y la seguridad de la absolución de nuestro Señor, mediante la comisión que dio a los apóstoles y que ellos trasmitieron a sus sucesores, y que finalmente llegó, a través de un obispo, hasta nuestro presbítero. Nuestro Señor dijo: “Si fueres a llevar tu ofrenda al altar y allí te acordares que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí ante el altar y ve y reconcíliate primero con tu hermano y luego ven y presenta tu ofrenda” (San Mateo 5:23-24). En este punto, hacemos las paces con los que adoran cerca de nosotros, intercambiando saludos en el nombre del Señor, y luego procedemos a ofrecer nuestros dones en el altar de Dios. La Santa Comunión Cuando nuestro Señor instituyó la Eucaristía en la noche antes de morir, hizo cuatro cosas y estas cuatro acciones aún constituyen los pasos esenciales de la Santa Comunión : “Tomó el pan “. (El ofertorio) El presbítero va al altar y recibe el pan, el vino y las ofrendad de dinero de los representantes del pueblo de Dios. Las tomas y las presenta a Dios, colocándolas sobre el altar. Han de usarse en el sacramento y para la obra de la iglesia, también simbolizan la ofrenda de sí mismo que hace el pueblo de Dios en respuesta al amor de Dios revelado en Jesucristo. “Dio gracias”(La consagración) Siguiendo el ejemplo de nuestro Señor, el presbítero da gracias al Creados, Dios el Padre, y recuerda la obra salvífica de su Hijo, nuestro Señor. También pide que el Espíritu Santo santifique tanto a nosotros como al pan y el vino de manera que sean el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor y Salvador. La presencia real de Cristo en el Sacramento es la respuesta a nuestra oración, de que él pueda habitar en nosotros y nosotros en él. “Lo partió (La fracción) Como gran plegaria eucarística termina con el Padre Nuestro, hay un momento de silencio, dando a los participantes una oportunidad de reflexionar con sobrecogimiento y alegría sobre el amor que Dios nos ha mostrado en Jesucristo. Luego el celebrante parte el pan bendito en preparación para que lo recibamos y como símbolo del Cuerpo de Cristo quebrantando por nosotros en la Cruz. Entonces , citando las palabras de San Pablo dice: “Cristo nuestra Pascua se ha sacrificado por nosotros” y el pueblo responde con alegría: “¡Celebremos la fiesta!” (I de Corintios 5:7-8) “Lo dio a sus discípulos”. (La comunión) Cuando todo está listo, el presbítero se vuelve a la congregación y los invita a recibir el bendito sacramento diciendo: “Los dones de Dios para el pueblo de Dios”. Luego cada uno participa de “el Cuerpo de Cristo” y “el Cáliz de Salvación” que nos nutren espiritualmente y son un signo visible de la vida eterna. Después de que todos han comulgado, se dice una oración de acción de gracias, y el obispo, si se encuentra presente en el altar, o el presbítero puede decir la bendición. Después un diácono dice una de las varias despedidas, a la cual todos respondemos: “Demos gracias a Dios” (DE Pascua a Pentecostés se añade: “¡Aleluya! ¡Aleluya!). Encarnando a Cristo en el mundo La liturgia ha terminado, pero, en un sentido, la Eucaristía no ha terminado. La Eucaristía no es meramente lo que los cristianos hacen ocasionalmente, sino el modo que viven – fiel, agradecida, gozosamente y en Cristo. El Cuerpo de Cristo (la Iglesia), habiéndose alimentado del Cuerpo d Cristo (el sacramento), sale ahora a cumplir su vocación de ser el Cuerpo de Cristo (el instrumento) en el mundo: por lo cual, en un sentido, sirviendo como la continuación de la encarnación y como instrumento en la manos de Dios para el cumplimiento del gran drama de redención que comenzó hace casi dos mil años.
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