CELIBATO / La ordenación
de un sacerdote católico con mujer e hijos en Tenerife
reabre la polémica del celibato
El laberinto de los curas casados
RDDomingo, 28 de agosto 2005
Cuenta Juan G. Bedoya en El Pais que la reciente ordenación
sacerdotal de un hombre casado y con hijos en la diócesis
de Tenerife, celebrada por el obispo Felipe Fernández
con gran aparato mediático, ha reabierto en la Iglesia
romana el debate sobre el celibato de sus ministros de culto,
que reclaman miles de curas y numerosos obispos, y que el Vaticano
se resiste a conceder.
En España hay en torno a 6.000 sacerdotes casados a
los que Roma niega el pan y la sal, pese a que ejercen de forma
discreta en comunidades cristianas de base, con la vista gorda
de sus prelados. En cambio, cientos de parroquias y miles de
católicos están siendo atendidos ya por sacerdotes
llegados del este europeo con sus mujeres e hijos, con el beneplácito
de la Conferencia Episcopal.
Alegría, esperanza, incluso una cierta sensación
de regodeo, convencidos de que el tiempo y el Vaticano les irán
dando la razón. Éstas son algunas de las sensaciones
con que los sacerdotes católicos casados que hay en España,
unos 6.000 según el Movimiento por el Celibato Opcional
(Moceop), han recibido la noticia de que el obispo de Tenerife,
Felipe Fernández, ordenó cura el domingo pasado
a un hombre casado y con dos hijas, nacido en Zimbabue hace
64 años y pastor allí de la Iglesia anglicana.
Pese a que el nuevo sacerdote, Evans D. Gliwitzki, dijo más
tarde que "pasarán 100 años antes de que
se admita el matrimonio sacerdotal", los curas casados
sostienen que la ordenación de Gliwitzki en una diócesis
española les reivindica. "Nos reivindica como curas
católicos casados y, sobre todo, reivindica al Evangelio",
subrayan.
Fue la Conferencia Episcopal quien invitó a Gliwitzki
a venir a ordenarse a Tenerife después de que su caso
fuese estudiado y autorizado por la Congregación para
la Doctrina de la Fe, presidida entonces por el cardenal Joseph
Ratzinger, hoy Benedicto XVI.
"La agradable noticia de esta ordenación separa
claramente el hecho de ser cura del hecho de estar casado o
soltero, confirmando así lo que venimos proclamando:
que es correcto, evangélico y urgente el ejercicio del
ministerio de los curas católicos casados", declara
el sacerdote Julio Pérez Pinillos.
Hijo de agricultores, Pinillos nació en 1941 en Espinosa
de Cerrato (Palencia), es sacerdote desde los 23 años
y fue durante tres un jovencísimo -y célibe- cura
rural en tres aldeas de la Castilla profunda, que apenas sumaban
los 430 habitantes, casi ninguno joven porque éstos habían
emigrado a la gran ciudad.
Él también hizo la maleta, con el permiso episcopal,
camino de una misión en África. Pero paró
en Madrid, se hizo cura obrero en una multinacional sueca instalada
en Vallecas, se metió en la lucha sindical clandestina,
sufrió la reconversión -el despido- en la segunda
oleada de la crisis industrial de la época y vivió
la muerte del dictador Franco -20 de noviembre de 1975- en la
cárcel de Carabanchel, donde había dado con sus
huesos por repartir el boletín de la Juventud Obrera
Católica (JOC).
El mítico cardenal Tarancón le había
nombrado poco antes consiliario de esa combativa organización
de jóvenes, primero en Vallecas y más tarde para
toda la archidiócesis madrileña.
En aquella época, además de cura obrero y combatiente
sindical, Pinillos ejercía el sacerdocio en una parroquia
vallecana, bajo la atenta mirada del vicario de Tarancón
para la zona, el obispo Alberto Iniesta. Cuando el cura Pinillos
fue a contarle a este prelado que se había enamorado
de Emilia Robles, una activa católica y militante sindical
en la misma empresa, y que iban a casarse, Iniesta no les hizo
reproche alguno. Sólo les pidió que no forzaran
su presencia en las comunidades cristianas, que fueran pacientes.
Y así siguen: Julio se gana la vida como profesor en
un colegio vallecano y dice misa y ayuda afanosa pero discretamente
en una humilde parroquia de la zona regentada por otro cura
obrero, y Emilia es una activa dirigente de una de las organizaciones
más bulliciosas en el cristianismo de base madrileño.
Tienen tres hijas: Ruth, de 25 años, que trabaja en Lisboa
como psicóloga clínica; Noemí, de 20, y
Tamar, de 17.
No son un caso aparte. Como Julio y Emilia hay en España
miles de parejas, unas 6.400 con cifras del año 2000,
ahora algunas menos porque muchos curas casados abandonan su
lucha y han ido logrando de Roma la secularización plena,
previa nulidad de su ordenación sacerdotal.
"Si pides que te borren de cura, si les reconoces que
te equivocaste y solicitas la nulidad, Roma te contesta que
sí, pero no hay respuesta, ninguna respuesta, para quienes
queremos seguir siendo sacerdotes católicos aunque nos
hayamos casado", explica uno de los afectados, que pide
guardar su anonimato.
Su experiencia fue traumática, "nada parecido a
como trataron a Pinillos, con la comprensión de su obispo
y su permanencia en Vallecas, casi en la misma parroquia".
Dice: "A mí me echaron de la diócesis [se
refiere a Santander, ahora vive en Vizcaya], me hicieron la
vida imposible por no querer reducirme al laicado y tuve que
pedir ayuda hasta que mi mujer y yo encontramos trabajo fuera".
No guarda rencor: sigue siendo creyente, dice misa cada día,
vive en una comunidad cristiana que le quiere y protege y tiene
tres hijos -una chica y dos chicos, ya colocados-. Se alegra
de que a los curas que se casan ahora "nadie les moleste
como a perros sarnosos, y porque el obispo de Tenerife nos da
la razón cuando ordena sacerdote a un hombre casado".
Se regodea en el argumento: "¿Qué justifica
la excepción del padre Gliwitzki, cura católico
casado, que no pueda justificar la mía, que soy también
cura católico casado? ¿Acaso su matrimonio es
un dato accesorio, y lo fundamental es que había sido
pastor protestante? El hecho cierto es que en España
los obispos, y al parecer el mismo papa Benedicto XVI y antes
Juan Pablo II, que con tan poca caridad nos trató, aceptan
que ejerza su ministerio un cura casado". Resume: "Lo
que acaba de ocurrir en Tenerife me confirma en el Evangelio
y llena de esperanza".
El obispo que ordenó a Gliwitzki, Felipe Fernández,
se ha visto obligado a explicarse tras el revuelo causado: "Este
caso no tiene absolutamente nada que ver con el de los sacerdotes
secularizados tras contraer matrimonio". Sobre el celibato
sentenció: "Con el papa Benedicto XVI no hay nada
que hacer, y con el que venga, tampoco".
Pérez Pinillos no opina lo mismo. "Los curas casados
somos 90.000, el 20% del total de sacerdotes católicos
del mundo [450.000, según el Vaticano], y la ordenación
del compañero padre Evans en Tenerife reconoce lo que
venimos diciendo desde hace tantos años: que las comunidades
cristianas, con muchos teólogos y algunos obispos, van
dando por superada la discriminación de los curas católicos
por el hecho de casarse. Y que se van dando pasos concretos,
aunque no desafiantes, para reintegrar al trabajo ministerial
a estos curas honestos".
Mientras tanto, los curas casados siguen ejerciendo el sacerdocio
allí donde una comunidad cristiana les da cobijo, casi
siempre con el consentimiento implícito de los obispos.
Es el caso de Ramón Alario, dirigente del Movimiento
por el Celibato Opcional (Moceop), que edita la revista Tiempo
de hablar.
Ejerce en Guadalajara y se gana la vida como profesor de un
instituto, con cuya directora se casó y tiene tres hijas.
O Esteban Tabares, autor de un documentado libro sobre los curas
obreros, casado con Inés y cura en una pequeña
comunidad cristiana de Sevilla. Y Javier Fajardo, comprometido
en la lucha sindical en el astillero de Puerto Real, casado
de nuevo tras el doloroso fallecimiento de su primera mujer,
Carmen.
Es el caso, sobre todo, de las decenas de curas llegados del
Este europeo con sus mujeres e hijos para atender a los emigrantes,
todos con el beneplácito del episcopado español,
que nada ha podido hacer para impedirlo porque en la Iglesia
católica oriental los curas pueden casarse desde siempre,
si lo desean. La Conferencia Episcopal Española -que
no facilitó a este periódico la cifra de estos
sacerdotes llegados a España- hizo una discreta gestión
para que vinieran, sobre todo, sacerdotes célibes, pero
sus correligionarios del Este no les han podido complacer.
Hace tiempo que Tomás de Aquino cayó en desgracia
en Roma por sostener que sin la experiencia del placer aquí
abajo, el banquete celestial carecería de sentido. Aristotélico,
el sabio de Aquino predicó que la meta de la vida es
la felicidad, en una Iglesia enfrascada ya -Trento mediante-
en el apagón cultural que supuso la Inquisición,
la quema de Giordano Bruno, el proceso a Galileo y las persistentes
execraciones de cada descubrimiento que favoreciera el bienestar
de la humanidad. Como espetaron a Franklin cuando inventó
el pararrayos: "Si Dios decide castigar al mundo, quién
eres tú para impedírselo".
Hasta las reformas del Concilio Vaticano II, en los años
sesenta del siglo pasado, la Iglesia romana representó
el pecado en la mujer, un ser tentador, inquietante. Vestigios
de san Agustín, que sin embargo había conocido
a muchas y preñado a alguna antes de hacerse obispo de
Hipona. Suya es la idea de la tentación insoportable.
"Expulsad a las prostitutas, y toda la ciudad se verá
sacudida por el libertinaje", dijo.
Lo curioso es que, hasta ese apagón inquisitorial, el
sexo y el celibato eran asuntos sin importancia para los cristianos.
Jesús se rodeó de mujeres y de apóstoles
casados, y es abrumador el número de jerarcas, incluso
famosos pontífices romanos, que tuvieron hijos. Enciclopedias
serias sobre el acto sexual incluyen un modo coital denominado
"la postura del misionero", en referencia a los clérigos
que acompañaron a James Cook en la conquista de Samoa.
Por eso la imposición de la ley del celibato, ratificada
por el Concilio de Letrán, en 1123, causó tanta
conmoción e ira. La mitad de la Iglesia, llamada oriental,
no asumió el mandato, y parecía que el Vaticano
II, con Juan XXIII a la cabeza, iba a cancelarlo también
en la Iglesia latina, dejando el celibato como una opción
libre. Lo frustró la precipitada muerte del revolucionario
pontífice.
Es entonces cuando empieza la sangría clerical en España,
con más de 50.000 religiosos -entre curas, monjes y monjas-
colgando los hábitos, con gran sobresalto en Roma. Entre
los primeros estuvo Jesús Aguirre, futuro duque de Alba
y autor del libro Sermones de España, de 1971. "La
libertad no se da, se toma", dijo citando a Unamuno cuando
decidió colgar la sotana. Se casó con la duquesa
el 16 de enero de 1978. Le preguntaron entonces si se había
reducido al laicado antes de dar el paso. "Yo no me reduzco;
yo me extiendo al laicado", replicó Aguirre.
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