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CARTA PASTORAL
PASCUA 2008

¡Aleluya! Cristo, nuestra Pascua, se ha sacrificado por nosotros.
¡Celebremos la fiesta! ¡Aleluya! ¡Aleluya! (LOC, 287)

"El primer día de la semana, por la mañana temprano,
todavía en tinieblas fue María Magdalena
al sepulcro y vio la losa quitada.
Fue entonces corriendo a ver a Simón Pedro
y también al otro discípulo, el predilecto de Jesús,
y les dijo: -Se han llevado al Señor del sepulcro y
no sabemos dónde lo han puesto"
(Jn 20:1-2)

Amadísimos hermanos y hermanas en el ministerio, reciban un afectuoso y cordial saludo en Cristo Resucitado que nos llama y nos anima para ser sus testigos ante el mundo.

Una vez más el Señor nos concede la gracia de celebrar una nueva Pascua. Hemos vivido durante la cuaresma, y de manera más especial a lo largo de la Semana Santa, los últimos momentos de la vida de Jesús, una vida entregada al servicio y la acogida de todos y todas, pero también dedicada a denunciar mediante sus palabras y acciones, los males de la sociedad, las injusticias y atropellos de parte de aquellos que por su función, debían ser los principales promotores del amor, de la solidaridad y la justicia en el pueblo. Y por eso lo mataron.

Sin embargo, hoy celebramos con gozo la noticia que nos presenta el evangelio de Juan sobre la Resurrección de ese mismo a quien las autoridades pretendieron callar dándole muerte. Es por eso que el "día de la resurrección" marcó una nueva cuenta de los días, porque un hombre nuevo y una nueva humanidad habían nacido del costado abierto de Jesús; surgía así una nueva posibilidad; un modo nuevo de ser hombre, comprometido en la tarea de transformar este mundo y de construir y consolidar un modelo de relaciones entre los hombres, relaciones basadas en el amor y la vida, en la verdad, la justicia y la libertad, en la única tierra que produce amor y vida, verdad, justicia y paz.

Con todo, en esta nueva etapa de la humanidad marcada por la Resurrección de Jesús, el conflicto entre el amor y la muerte, entre la guerra y la paz, entre la justicia y la injusticia, continuaron y continúan todavía; pero desde ese momento, con la certeza de que la victoria se iría logrando. Aunque no sin resistencias, pues hasta el presente persisten el odio y la arrogancia, el afán de unos por dominar a otros. Siguiendo la metáfora de Pablo, todavía queda mucha levadura por barrer para que este mundo llegue a ser una "masa nueva". En el momento presente no son el amor y la vida los valores en los que se funda la convivencia entre los hombres. Sigue siendo el dine­ro, el fanatismo, la adulación al poder imperial..., la muerte.

Hoy, domingo de resurrección, proclamamos la victoria de la vida, y tenemos que seguirla proclamando a pesar de la realidad de muerte que vivimos. Como cristianos, como miembros de una Iglesia llamada a proclamar y defender la vida, no podemos bajar la guardia. En esto tenemos que ser, primero que todo cautelosos, porque defender la vida sigue siendo, en pleno siglo XXI, subversivo y para otros, pasado de moda; y en segundo lugar, tenemos que ser muy creativos, ingeniándonos todas las formas posibles para continuar esa tarea comenzada por Jesús y por sus discípulos después de su resurrección.

Acabamos de celebrar nuestra XLIV Convención Diocesana donde vivimos una experiencia muy sencilla, pero muy enriquecedora de fraternidad y de distensión en todos los sentidos. La novedad en esta Convención estuvo en que todos nos comprometimos a implementar de alguna manera el logro de los objetivos de la ONU trazados para el milenio, los cuales ha asumido la Iglesia Episcopal de los Estados Unidos y, por tanto, también nosotros. Creo que si todos asumimos con sinceridad y con decisión estos compromisos, estaremos en línea con el querer y la voluntad de Dios que por encima de todo nos llama a defender la vida y a procurarla por todos los medios.

Nuestra fe en la Resurrección no puede reducirse sólo a "creer" que Jesús resucitó. Es necesario que esa fe la traduzcamos en obras, en el trabajo de cada día orientado a construir más y más alternativas de vida; pues eso es lo que en definitiva significa la Resurrección: la Nueva Vida otorgada por Dios a su Hijo, para que a través de él, toda la humanidad pueda disfrutar de ese don en igualdad de condiciones si queremos de verdad dar tes­timonio de que a Dios no se le puede atribuir la muerte, sino la vida, si creemos que el amor vencerá, que está venciendo a pesar de las apariencias, si seguimos creyendo en la resurrec­ción.

Aprovecho esta oportunidad para invitarlos a orar en cada servicio religioso que realicemos por la Conferencia de Lambeth tal como lo indicamos en la pasada Convención diocesana. Para tal fin, podemos utilizar la fórmula de "oración por una convención o una reunión de la Iglesia", LOC, pág. 708, Nº 12, adaptándola para este fin.

Un abrazo pascual para cada uno y que el Señor del amor y de la vida nos siga bendiciendo y asistiendo en todo momento para que cada día seamos más fieles discípulos de su hijo Jesús.

En Cristo Resucitado,

+ FRANCISCO
Obispo


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